lunes, julio 06, 2009

Aprendizaje de la crítica

Nunca deja de sorprenderme la disparidad de críticas que se dan sobre un mismo libro. Aquí van tres muy diferentes sobre Kazbek, en la edición española y la argentina. Siempre se aprende de las críticas y se descubre la visión del crítico en cuestión. Uno tiene que escucharlas, y luego, con más distancia, mirarlas como si hubieran sido escritas sobre otro libro. Porque se ha convertido, en efecto, en otro libro. Entonces se prende un fuego que no quema pero que tampoco calienta, sino que ilumina. La de Oliverio Coelho es muy reveladora por el calado en el sentido de la composición de un libro que no deja de ser extraño, incluso para mí mismo. Por supuesto, las consideraciones, en mi caso, resultan provisionales porque Kazbek es la primera novela de un sexteto que se empieza a abrir como los ramales de un estero y que  lleva a lugares que apenas intuyo.

Kazbek. Leonardo Valencia.
Editorial Funambulista. 117 páginas. 14,96 euros

 (España)
por Santiago Gil

La literatura se adentra a veces por nuevos caminos que no sabemos hacia dónde nos acabarán llevando. Aprendimos con Ulises que lo importante es el viaje, el sueño del regreso o la aventura diaria. A veces los regalos navideños se envuelven en cursilerías o en atávicas costumbres que nos hacen contar los minutos para que dejen de martirizarnos con villancicos. Pero otras veces esos mismos regalos se vuelven casi milagrosos. Entre los libros que me regalaron las pasadas fiestas navideñas hay uno que aún releo una y otra vez. Hablo de Kazbek, una novela escrita por el ecuatoriano Leonardo Valencia e ilustrada por Peter Mussfeldt. Ya de entrada, uno se espera algo bueno cuando ve que está editada por El Funambulista y además avalada por Enrique Vila-Matas; pero lo que nos encontramos cuando empezamos a leer es una sucesión de destellos geniales que nos devuelve a la senda de los grandes descubrimientos literarios de los dieciocho años.

Podría explicar el argumento, pero creo que en este caso no es necesario. Escribe alguien sobre alguien que escribe, y lo demás ya queda a la interpretación de cada cual. Valencia no deja ningún verbo ni ningún adjetivo a la intemperie. Todo lo que cuenta fluye con naturalidad y genialidad, sin que se caiga nunca en el aticismo o el aburrimiento. No conocía nada de él, pero desde que terminé este libro ando rastreando toda su obra. No exagero si hablo de él como de uno de los autores que está llamado a darle un nuevo aire a la literatura escrita en castellano. Ya lo hace Vila-Matas, o lo hacía Bolaño. Ahora habré de sumar a esa avanzadilla que, como decía Kafka, escribe entre sombras a Leonardo Valencia. Anoten bien su nombre y el título de esta prodigiosa novela. No dejen de acercarse a este nuevo camino por el que creo que habrá de transitar la literatura contemporánea si realmente pretende contar estos tiempos cada día más alocados y más contradictorios.


El arte de la impostura

Publicado en Perfil el 5/7/09

por Quintín


Leyendo Kazbek, del ecuatoriano Leonardo Valencia, me encuentro dos veces con el nombre de Peter Greenaway y una señal de alarma se enciende en el fondo de mi cerebro. Greenaway, cineasta, videasta, artista plástico, escritor y vaya uno a saber qué otras ocupaciones, tuvo su cuarto de hora de fama internacional a fines de los ochenta.Su celebridad llegó a la Argentina donde sus feas películas, que mezclaban el kitsch intelectual con el morbo, tuvieron un éxito apreciable. Recuerdo en especial una de ellas, Drowning by numbers, en la que en cada plano aparecía un número que coincidía con su orden correlativo, una obra forzada para ajustarse a un procedimiento tan arbitrario como banal. Greenaway falsificaba películas pero llegaba más lejos: era un impostor. Para ilustrar la diferencia, tomemos un ejemplo de otra disciplina. Antes (y aun después) de las elecciones del domingo pasado hubo varios encuestadores que inventaron resultados. Pero solo uno de ellos, llamémoslo Arturo Ladri, llevó el simulacro al extremo de proclamar que la falsificación al servicio de sus patrones era inherente a su tarea. Aunque Ladri inventaba cada día un pronóstico distinto, sus admiradores —que son legión— lo aplaudían a rabiar, lo entrevistaban por radio y televisión y requerían sus opiniones aun sabiendo que el individuo mentía por sistema. Mientras que un falsificador se conforma con engañar a los expertos y hacer pasar lo falso por verdadero, Ladri intenta algo mucho más ambicioso: redefinir su trabajo para que distinguir la diferencia resulte irrelevante. Algo parecido hacía Greenaway, que no trataba como muchos de sus colegas de hacer pasar por buenas películas malas, sino redefinir el cine como una forma rígida saturada de objetos arbitrarios, apenas conectados por ideas grandilocuentes.

Valencia cita una de ellas: “Tenía razón Peter Greenaway: la tinta es la segunda sangre del mundo”, una metáfora muy representativa del estilo Greenaway, mezcla de truculencia y pomposidad. Valencia, sin embargo, es más un falsificador que un impostor, ya que trabaja sobre una fórmula probada: la instalación literaria, un género cada vez más practicado y que, como su contrapartida audiovisual, consiste a grandes rasgos en la acumulación de fragmentos conectados por un tema o una narración débil. La literatura, con su falta de soporte material (lo de la tinta de Greenaway es chapucero aun en ese sentido), nunca deja de ser una falsificación, una fabricación de objetos apócrifos. Pero los instaladores literarios, siempre atentos a lo que ocurre en otras disciplinas, evitan la angustia frente al vacío ontológico del texto mediante dos tácticas opuestas: la abstracción extrema y la apelación a la imagen. Por un lado, Valencia pone en abismo su libro de dos maneras distintas. La narración habla del encargo de acompañar dieciséis dibujos de escarabajos a cargo de un artista llamado Peer y en Kazbek aparecen efectivamente los escarabajos y sus comentarios, que combinan la descripción de los bichos con metáforas sobre la escritura del tipo: “Tu cuerpo es una lanza florida que desgarra la carne de lo verosímil”. Ay.

Por otra parte, Valencia construye en su pequeño libro una tipología de los libros pequeños en oposición a la gran novela. Las “Libros de Pequeño Formato” deben cumplir con nueve reglas, cursilerías tales como ser “Un libro que crea silencio para escuchar como fluye la fuente”. A Valencia le gustan las enumeraciones como a su maestro Greenaway y así compila una lista de sesenta libros chicos que poco tienen que ver entre sí y conforman, más que un canon, un puzzle de coleccionista. Entre esos libros está Bartleby y compañía de Vila-Matas y Shiki Nagoya de Bellatin dos obras que le sirven a Valencia de inspiración aunque Kazbek elude la angustia y el delirio que acechan a sus modelos. Su trabajo de cortar, pegar, citar y ordenar prohíbe las emociones propias.

http://www.lalectoraprovisoria.com.ar/?p=4035


A propósito de Kazbek(*)

Por Oliverio Coelho 


Kazbek es uno de esos libros que en una primera lectura parecen monolíticos y cercan su propia ambición. La primera lectura exige una embestida. Familiarizarse con un universo que no se parece a ningún otro. Un universo que es más bien la estilización de la obsesión íntima del escritor.

En una relectura aparece, en cambio, un composición aleatoria, una suerte de montaje en donde página a página el escritor, como su personaje -alguien que lucha por escribir, como si fuera cuestión de vida o muerte-, doblega “las fuerzas del azar”. La novela quizás gane volumen y profundidad en la relectura: pasa a ser un ensayo púdico sobre las posibilidades del arte y el yugo del escritor. Importa menos el personaje que el asunto: los procesos detectivescos -salvajes, como en Bolaño, o sibilinos como en Valencia- de todo artista para salvar de la inercia a la obra en ciernes.

Para que lo anhelado, lo poetizado -el “Libro de pequeño formato”-, llegue al papel, Kazbek debe reencontrarse con un viejo conocido, Dacal, objeto de devoción literaria en sus años de juventud limeños; debe conquistar a Isa, la mujer-isla -en esto es mítico el relato de Valencia-; y además debe sincronizarse con el trabajo del señor Peer, la contratacara de Kazbek: un exiliado europeo en Ecuador. Los dibujos de Peer, insectos destinados a iluminar el “Libro de Pequeño Formato”, inspiran la poética minuciosa de la narración. Hay aquí un pacto creativo y efectivo entre el artista y el escritor. En ese acuerdo se ajusta  la posibilidad de narrar. Una suerte de disciplina meditada que unifica cualidades walserianas: imagen caligráfica -insecto- y escritura deliberadamente monocromática.

Así como bajo un microscopio en un insecto se revelaría una naturaleza exponenciada, una suma demencial de matices y partes, en la novela de Leonardo Valencia, bajo una relectura, se descubren infinidad de posibles relatos. Brazos finos, vertientes y líneas de fuga, ramificaciones tentaculares como las que exhiben las ilustraciones de Peter Mussfeldt que acompañan la novela de Valencia. Lo llamativo y lo meritorio es la resignación vital del autor: su digresión es sintética, como en un tratado, y no expansiva y banal, como en buena parte de la literatura contemporánea.

Entre el Libro de pequeño formato y la Gran novela, Valencia juega -y he aquí un tercer modo de leer la novela- a falsear el relato autobiográfico. La posibilidad de asociar a Peter Mussfeldt con Peer, a Leonardo Valencia con Kazbek, sobrevuela la primera lectura. Sin embargo no sabemos si Kazbek efectivamente llegó al libro de pequeño formato, si alcanza a Isa -aunque llega a la “cita”-. Eso es lo de menos, porque todo indica que, entre una primera y una segunda lectura, el libro que llega a nosotros cumple con muchas características de un Libro de Pequeño Formato: “un libro corto que parece no agotarse nunca; un libro que puede perderse porque no se lo olvidará; un libro que el lector no tenía previsto encontrar; un libro que el lector no sabe ni quiere resumir sin que se subvierta y destruya su contenido”. Ahí, en un juego de cajas chinas, está encerrada la historia personal de la escritura. Y las limitaciones del crítico: intentar llegar a la última caja y abrirla -robándole el privilegio al lector- equivale a destruir el secreto de Kazbek.

Reseña publicada en la revista Inrrokuptibles, Julio 2009.

http://www.nacionapache.com.ar/archives/3205

(*) Kazbek, de Leonardo Valencia. Ilustraciones de Peter Mussfeldt. 108 pág., Eterna Cadencia, 2009.


miércoles, junio 10, 2009

Kazbek circula en edición argentina

Está anunciado en el blog de la editorial Eterna Cadencia la edición argentina de KAZBEK. Los ejemplares todavía no los he podido ver impresos. Gracias al equipo de Eterna Cadencia. Me ha gustado mucho el texto que han redactado para la contraportada:  "Tras los pasos del personaje de la que será su Gran Novela, Kazbek viaja a Ecuador. En medio de su búsqueda recibe una carpeta con dieciséis dibujos inspirados en las aterradoras erupciones del volcán Pichincha. El señor Peer le ha propuesto escribir un texto para cada uno de ellos hasta completar un “Libro de Pequeño Formato”. Todo lo opuesto a las gruesas novelas que Kazbek venera. Pero en esos dibujos encontrará la posibilidad de una escritura diferente.La narración de esta exquisita aventura por los caminos de la creación se intercala con pequeños fragmentos de una poética enigmática y fascinante, páginas donde las palabras dibujan, los dibujos hablan y el lector pone en marcha algo que ni el escritor ni el dibujante habían contemplado."

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martes, junio 02, 2009

La literatura instrumentalizada durante el gobierno de Rafael Correa


Por Leonardo Valencia


 El 22 de mayo, en la sección de cartas de los lectores del diario Hoy, se  alude a mi artículo publicado en El Universo el 12 de mayo, titulado “La literatura oficial y los escritores” (aquí mi artículo completo). Al final reproduzco íntegra la carta de la autora, Gabriela Pólit. Me alegra que se abran los debates, porque suele ser más bien escasa la capacidad para debatir literariamente en Ecuador, y me alegra de manera especial si se tiene en cuenta que la autora de la carta en cuestión es una estudiosa de la literatura que el año pasado publicó en la editorial argentina Beatriz Viterbo Editora, el ensayo Cosas de hombres. Escritores y caudillos en la literatura latinoamericana del siglo XX. Esto último me parece importante, porque Beatriz Viterbo Editora es una editorial argentina solvente para ese tipo de trabajo. Que Pólit haya logrado publicarlo allí y no en otra editorial es sintomático de la importancia que tiene publicar en esa colección para su trabajo.

Precisamente por este punto editorial quiero señalar mi discrepancia con lo que Pólit indica en su carta respecto a mi comentario de que son varios los autores ecuatorianos que ya habían publicado en España durante la última década, antes de que aparecieran los cinco tomos de literatura ecuatoriana en Alfaguara, financiada por el gobierno ecuatoriano y, sobre todo (esta era mi crítica puntual), utilizada demagógicamente por el Ministro de Cultura ecuatoriano para afirmar que recién ahora se daría a conocer la literatura ecuatoriana. Pólit escribió: “Evaluar la antología porque tiene un sello editorial español es un criterio limitado y poco literario [sic]”. Obviamente que lo es, pero si el término de valor estaba cifrado, como dijo el Ministro, en que sólo ahora se daría a conocer nuestra literatura en España, entonces nos encontramos en un campo de “producción cultural” (Bourdieu), en el que sí tiene un capital simbólico la publicación, según qué zona editorial. Caso contrario, no creo que se invierta ninguna energía, como en el caso del libro último de Pólit, en editarlo en Argentina con Beatriz Viterbo Editora.  Por lo tanto sí importa y tiene un valor la publicación en España, como hacerlo en Argentina.

Yo apenas señalé los autores publicados alrededor de la última década en España. Hay muchos más, por supuesto, si retrocedemos en el tiempo. Pero me parecía más que suficiente mencionar en mi artículo a 21 escritores ecuatorianos publicados y reeditados en España sin subvención oficial para desmentir la desinformación dada por el Ministro de Cultura por esa euforia triunfalista o mesiánica de creer que el último gobierno salva la literatura ecuatoriana.

Dejando, a estas alturas, ingenuidades al respecto de la neutralidad de la publicación en según qué país y en qué sello editorial, coincido plenamente con Pólit al respecto de que lo fundamental es la lectura directa de los textos para proceder a una valoración. Y aquí es donde, sin embargo, también se abre un cuestionamiento. Porque la carta de Pólit tiene una deriva curiosa, empieza discrepando conmigo, sin calar en lo que realmente dije (volveré luego a esto) y luego se dirige a criticar al editor del proyecto, Javier Vásconez, porque en los tres tomos de novelas, a diferencia de las antologías de cuento y poesía, publicados en esa selección, no había un prólogo que argumentara la selección de las diez novelas. Personalmente, el criterio de edición de diez novelas ecuatorianas en tres tomos gigantescos no me pareció particularmente beneficioso: los libros quedarán como ilegibles por difícilmente manejables.

Pero el criterio de Pólit no acierta o, mejor dicho, no aporta. Precisamente allí están las novelas para que la crítica haga su valoración (Las diez novelas son: Vientos de agosto, Carlos Arcos Cabrera; Polvo y Ceniza, Eliécer Cárdenas; Pájara La memoria, Iván Égüez; Sara y el dragón, Rocío Madriñán; Crónica del breve reino, Santiago Páez; Del otro lado de las cosas, Francisco Proaño Arandi; Sueño de Lobos, Abdón Ubidia; El desterrado, Leonardo Valencia; La sombra del apostador, Javier Vásconez; El Rincón de los justos, Jorge Velasco Mackenzie). Pólit estaría en la capacidad de hacer la valoración que pide a Vásconez, ya que supongo está al tanto de todas esas novelas o al menos de la mayoría, o quizá dispuesta a leerlas para emitir un juicio de valor, porque precisamente el criterio de Vásconez está en la selección misma y no en un prólogo más o menos explicativo. De hecho, un prólogo daría una mínima luz, pero lo relevante en realidad está en otro sitio, en las lecturas que se están exigiendo: es precisamente a críticos literarios como Pólit a quienes les corresponde emitir un juicio crítico y, de ser posible, un juicio de valor. Decir, por ejemplo, qué novelas no le parecen meritorias para estar en la colección y cuáles cree que deberían haber formado parte. Esto, combinado, es lo que le hace falta a la crítica ecuatoriana para que no se margine en trabajos académicos sólo dirigidos a élites y que permita al lector, ecuatoriano o latinoamericano, una idea clara y orientadora de la materia en cuestión. Eso sería de gran ayuda para dinamizar a la crítica literaria ecuatoriana, e insertarla en la discusión abierta y viva con el público lector. Y al pedir ese juicio de valor yo mismo me pongo en fuego cruzado porque una novela mía está incluida en esa selección de diez novelas. El primero en aprender de las críticas de especialistas o de lectores agudos, soy yo mismo, porque me permite sentirme acompañado, como escritor, en el propio camino de autocrítica que me lleva a mejorar y seguir explorando en cada nuevo libro. Parece que todavía en Ecuador se confunde la crítica con la suposición de un ataque personal. O como dirían los anglosajones, todavía se antepone el “yo” al diálogo.

Y vuelvo, al final de esta nota, al comienzo del comentario de Pólit en su carta, en la que alude, sin aclararlo suficientemente y sin abordar lo esencial, mi crítica original de que la publicación en Alfaguara fue utilizada de manera proselitista y demagógica en las declaraciones del Ministro de Cultura, único punto que yo señalaba como fallido en el evento cultural de Madrid.  La autora de la carta menciona que, como asistente al evento en Casa de América, le pareció productivo y estimulante para la comunidad ecuatoriana en Madrid. Esto es algo que no negué, pero no es el centro de la cuestión, porque no es el primer evento que se hace en Casa de América o en Madrid para la cultura ecuatoriana.

La diferencia, y esto quiero remarcarlo, es que los eventos anteriores hechos en Madrid no se utilizaron para hacer propaganda para el gobierno de turno. Precisamente días después de la publicación de mi artículo, me llegaron los ejemplares editados por Alfaguara. En ella consta, en la contraportada, el sello del Ministerio de Cultura del Ecuador, lo que me parece correcto, y así es como se debe proceder en estos casos de subvenciones editoriales, porque son todos los ecuatorianos los que, con sus impuestos, suman esfuerzos para apoyar a su cultura y a sus actores culturales. Pero mi sorpresa fue mayor porque, además de las declaraciones desafortunadas del Ministro de Cultura, se suma algo que consta impreso en el libro, en la página de créditos bibliográficos y derechos de autor, y que es la prueba fehaciente de lo que sostengo. Allí ya no se menciona al Ministerio de Cultura del Ecuador, sino que directamente se dice: “Esta colección se publica durante el Gobierno del Presidente Rafael Correa”. 


¿Qué costaba repetir de nuevo el nombre del Ministerio de Cultura de Ecuador? Si esto no es utilizar y manipular un contenido cultural ecuatoriano con el personalismo populista que aplica el gobierno actual, entonces habría que ser ciego para no entender lo que he señalado. Los libros auspiciados por los gobiernos, sean de México o de Suiza, siempre mencionan que el libro ha contado con el apoyo del Ministerio respectivo o de la Embajada del país de origen en el país donde se publica; pero nunca se incurre en mencionar el nombre del presidente de turno. Que, de paso, no sólo es manipulación sino declarado mal gusto.

Cuando Javier Vásconez, años atrás –cuando todavía no era tan visible el abuso propagandístico del gobierno de Rafael Correa- me invitó a participar con una novela mía en este proyecto, le señalé mis reparos porque temía que se pudiera incurrir en una manipulación de este tipo. Finalmente acepté porque los argumentos de Vásconez fueron insistentes y me tranquilizaban al respecto de que se manejaría de la mejor manera, y que la literatura está por encima de los gobiernos de turno. No ha sido así. Y lo lamento. También le señalé a Vásconez que, en el caso de producirse un mal manejo del asunto, yo no iba a quedarme callado por más que me incluyeran en la selección. Por este motivo me pareció necesario señalar las manipulaciones que se han producido. Mi discrepancia no afecta al contenido en sí de los libros, que siempre estarán muy por encima de este debate y del presidente de turno, pero sí apuntan a señalar malos manejos que están siendo indicio de cómo se quiere instrumentalizar una literatura.

Reproduzco a continuación la carta a la que he aludido.



El ciclo vital de los libros

Publicado el 22/Mayo/2009 Diario Hoy (Ecuador)

 

Gabriela Pólit Dueñas

 

En días pasados, Leonardo Valencia (El Universo mayo/12) aseguró que el actual Ministro de Cultura aprovechó el lanzamiento de las antologías de la literatura ecuatoriana para hacer propaganda política. Las antologías incluyen tres tomos de novela (Javier Vásconez), uno de cuentos (Vásconez y Mercedes Mafla) y uno de poesía (Iván Carvajal y Raúl Pacheco).El lanzamiento se hizo en el encuentro "Ecuador posfronterizo" celebrado en Madrid. Un evento de intercambio entre ecuatorianos residentes en España y artistas, críticos, intelectuales que viven dentro y fuera del Ecuador. Un diálogo entre los ecuatorianos del mundo y los españoles. Para quienes estuvimos en Madrid, el lanzamiento, la coreografía, la lectura de trabajos literarios, el concierto de música, la muestra de fotografía y el ciclo de cine tuvieron un impacto particular. Fue un encuentro de cultura fecundo y colectivo. El lanzamiento, además, no habría podido tener mejor audiencia. Fue sorprendente la ansiedad con la que jóvenes ecuatorianos que han vivido su niñez y adolescencia en Madrid expresaron la necesidad de vincularse con el Ecuador. Fue conmovedora su honesta curiosidad. Para ellos, esta antología tiene una especial relevancia. Toda antología es una clave de lectura crítica y contribuye en cuanto sus editores argumentan la selección de obras. En las antologías de poesía y cuento, sus editores explican su lectura crítica. La de novela no ofrece ninguna. Grave problema. La lectura de Vásconez no se explica, tampoco expone criterios, no confronta límites ni aporta a la discusión crítica. Su antología es personal, aunque él no admita señas personales. Como toda lectura, tendrá aciertos y desaciertos que habrá que analizar. Evaluar la antología porque tiene un sello editorial español es un criterio limitado y poco literario. Es positivo que autores ecuatorianos publiquen con Alfaguara porque garantiza distribución de sus obras, pero eso no las hace mejores. A una obra se la juzga por lo que es, por lo que propone. No celebremos las antologías sin leerlas, dialoguemos con las lecturas que sus autores proponen. Los libros deben cumplir su ciclo vital con lecturas iluminadoras. No es suficiente su publicación y el aval del sello editorial español. Las antologías necesitan de lecturas que reconozcan su aporte en la discusión local, y en esa ávida población en España.

viernes, mayo 15, 2009

Fogel y el exilio latinoamericano




Jean-François Fogel lleva un blog donde comenta sobre distintos temas, entre los que destacan las noticias sobre literatura. Interesado en temas latinoamericanos, en su post del 7 de mayo hace una de sus listas, o mejor dicho, reproduce una lista de The Guardian sobre libros referidos al exilio y escritos en inglés. La provocación de Fogel a partir de esa noticia es su alusión al tema del exilio en la literatura latinoamericana. Reproduzco primero su texto y luego mi comentario. Más que un comentario, en realidad, es una lista que apuntaría a señalar lo contrario de lo que afirma Fogel. Una lista, por supuesto, incompleta como toda lista.



El destierro

por Jean François Fogel


En su serie clásica de los diez mejores libros del sitio de The Guardian ofrece los diez mejores libros del exilio.

Más inglés no es posible:

1. El americano tranquilo de Graham Greene

2. A Woman of Bangkok de Jack Reynolds

3. El cuarteto de Alejandra de Lawrence Durrell

4. The Discovery of Tahiti (El descubrimiento de Tahiti) de George Robertson

5. Cuando partí una mañana de verano de Laurie Lee

6. El caballero del salón de Somerset Maugham

7. Thomas Cook European Railway Timetable (horarios del ferrocaril)

8. Habla, memoria de Vladimir Nabokov

9. Bajo el volcán de Malcolm Lowry

10. País era una fiesta de Ernest Hemingway

Como cualquier lista tiene una cosa insoportable: visión subjetiva, ausencia de obras obvias (Gent, Orwell, Isherwood). Del segundo libro de la lista, no sé nada. Del quinto, sé que es una joya (aparece en el díptico español y lo mejor de lo que escribieron los ingleses entre las dos guerras mundiales). Del décimo, sabemos que tendrá que ocupar el puesto número uno. Pero lo que más me interesa es la ausencia, lógica, de autores de América Latina. Pasaron años y años exiliados en Europa o en EE. UU. por razones políticas, pero en sus obras, de hecho, no se apartaron de sus países. Propongo una ley: a pesar de vivir en el exilio los autores latinos tienen poco talento literario para el destierro.

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Pequeña biblioteca del destierro

Estimado Fogel:

 

Un blog estupendo pero una nota no necesariamente exacta referida a los latinoamericanos. Aquí dejo una lista de novelas en las que escritores latinoamericanos se desplazan a otros territorios diferentes al de sus países. Es cierto que no todas hablan directamente de la experiencia del desarraigo o lo tematizan, pero va implícito.

saludos

Leonardo Valencia

1950-1980: Los pasos perdidos, Alejo Carpentier; Bomarzo, Mujica Laínez; Rayuela, Cortázar; Farabeuf, Salvador Elizondo; Morirás lejos, José Emilio Pacheco; El mundo alucinante, Reinaldo Arenas; El buen salvaje, Eduardo Caballero Calderón; Maitreya, Severo Sarduy; La pérdida del reino, José Bianco; La sinagoga de los iconoclastas, J.R. Wilcock, Las posibilidades del odio, María Luisa Puga; Terra Nostra, Carlos Fuentes; El jardín de al lado, José Donoso.

1980-1989: Testimonios sobre Mariana y Reencuentro de personajes, Elena Garro; La vida exagerada de Martín Romaña, Alfredo Bryce Echenique; Karpus Minthej, Jordi García Bergua; La guerra del fin del mundo, Vargas Llosa; La tejedora de coronas, Germán Espinosa; No pasó nada, Antonio Skármeta; El entenado, Juan José Saer; El escarabajo, Manuel Mujica Laínez; El portero, Reinaldo Arenas; La internacional argentina, Copi; Los perros del Paraíso, Abel Posse; Los nombres del aire; Alberto Ruy Sánchez; Domar a la divina garza, Sergio Pitol; La diáspora, Horacio Castellanos Moya.

1990-1999: Novela negra con argentinos, Luisa Valenzuela; Santo oficio de la memoria, Mempo Giardinelli; El origen del mundo, Jorge Edwards; El copista, Teresa Ruiz Rosas; El viajero de Praga, Javier Vásconez; El congreso de literatura, César Aira; Agua, Eduardo Berti; Mambrú, R.H. Moreno- Durán;  Enciclopedia de una vida en Rusia y Livadia, José Manuel Prieto; Los detectives salvajes, Roberto Bolaño; El río del tiempo, Fernando Vallejo; En busca de Klingsor, Jorge Volpi; El libro de Esther, Juan Carlos Méndez Guédez; La mentira de un fauno, Patricia de Souza; La mujer de Wakefield, Eduardo Berti; La orilla africana, Rodrigo Rey Rosa.

2000-2008: Tu nombre en el silencio, J. M. Pérez Gay; La disciplina de la vanidad, Iván Thays; Siberiana y Las cuatro fugas de Manuel, Jesús Díaz; El desterrado, Leonardo Valencia; Shiki Nagaoka, Mario Bellatin; Amphytrion, Ignacio Padilla; La familia Fortuna, Tulio Stella; La casa de los náufragos, Guillermo Rosales; Mantra y Jardines de Kensington, Rodrigo Fresán; Hipotermia, Álvaro Enrigue; La materia del deseo, Edmundo Paz Soldán; Los jardines secretos de Mogador, Alberto Ruy Sánchez; Libro de mal amor y Neguijón, Fernando Iwasaki; La fiesta del Chivo, El paraíso en la otra esquina y Travesuras de la niña mala, Vargas Llosa; Varamo, Una novela china y El mago, César Aira; Los impostores y El síndrome de Ulises, Santiago Gamboa; Crímenes imperceptibles, Guillermo Martínez; El fin de la locura y No será la Tierra, Jorge Volpi; La sexta lámpara, Pablo de Santis; Wasabi, Alan Pauls; Una tarde con campanas, Juan Carlos Méndez Guédez; La viajera, Karla Suárez; El futuro, Gonzalo Garcés; Todos los Funes, Eduardo Berti; El corazón de Voltaire, Luis López Nieves; 1767, Pablo Soler Frost; El huésped, Guadalupe Nettel; Electra en la ciudad, Patricia de Souza; La sociedad trasatlántica, Alfredo Taján; 2666, Roberto Bolaño;Cuaderno de Feldafing, Rolando Sánchez Mejías; El libro flotante de Caytran Dölphin y Kazbek, Leonardo Valencia. Entre otros...


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miércoles, noviembre 19, 2008

Amigos en Buenos Aires

Por ahí va Kazbek, unos pocos ejemplares en Buenos Aires, y de regreso te traes el recuerdo de buenos amigos. A la izquierda César Vásconez y a la derecha Oliverio Coelho. Y luego Daniela, Sebastián, Esteban, Eva, Lourdes, Paola, el ubicuo Daniel Mordzinski, Azriel de paso, Jose, Fernando. En la pared había muchos escritos. En el punto más alto, uno divertido de Juan Villoro: "En Marte queremos a la Boutique del libro". Elegiste una esquina de la pared que habla: "Kazbek se refugió en este rincón".



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lunes, noviembre 03, 2008

Epígrafes olvidados

Sueñas con hacer un libro sólo de epígrafes. Quizá la literatura sea eso: releer el mundo a partir de lo que seleccionas de él. En cada mirada tuya resuena un epígrafe y, al revés, cada mirada del mundo te prepara para reencontrarlo en un fragmento que se convertirá en epígrafe.
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Fuiste a ver las pinturas de Gao Xingjian y volverás a verlas de nuevo esta semana ----¿Pinturas? Tinta china, manchas, dropping, instante de un gesto meditado durante horas o días o semanas que se vierte sobre lienzos en blanco----. También volviste a releer sus ensayos. La mente de Xingjian se mueve en períodos largos de la historia. Incluso dice que mantiene frente al arte una actitud no histórica. Y cuando revisaste uno de sus ensayos, encuentras el subrayado ardiente que se perdió, que tarde recuperas, publicado ya El síndrome de Falcón, y que habrías incluido.
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"Cuando uno se libera de lo que llaman «patria», logra un cierto distanciamiento que le permite escribir con mayor serenidad sobre ella. La civilización china fluye por mis venas y no tengo necesidad de colgarme ninguna etiqueta que lo acredite; en mi caso, ya he hecho inventario de los aspectos positivos y negativos de la cultura tradicional china. Lo importante para un escritor es mantenerse por encima de las cosas del mundo, y no vender la herencia de sus antepasados para ganarse la vida con su labor creativa. Además, la profesión de la literatura reposa siempre en el individuo: no es un servicio de bienestar público que dependa, para su realización, del esfuerzo conjunto de todos los componentes de la sociedad, incluido el gobierno; por el contrario, la interferencia de la voluntad colectiva, adopte la forma que sea, sólo puede perjudicarla. El escritor no es representante de una cultura nacional ni portavoz de las masas: si por desgracia se convirtiese en alguna de las dos cosas, acabaría perdiendo su propia identidad."
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Todos estos expatriados a los que vuelves a leer una y otra vez en tu biblioteca (no nombrarlos), son mucho más que fantasmas citables. De hecho, cada una de sus citas evoca una reflexión mucho más amplia a la que se han referido. Tienen un pulso vital que da fuerza y ánimo. Son mal vistos en sus países por los Eternos Pedagogos, porque estos saben que son aquellos los que hablan con una verdad propia, no calcada, no representativa.

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viernes, octubre 24, 2008

Presentación de Kazbek (Buenos Aires)



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Boutique del Libro y Editorial Funambulista

invitan a la presentación de la novela

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KAZBEK

de Leonardo Valencia

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Oliverio Coelho y César Vásconez

presentarán el libro

junto al autor

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Martes 11 de noviembre 19h30

Boutique del Libro (Palermo viejo)

Thames 1762, Buenos Aires

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