miércoles, octubre 10, 2007

Segovia en perspectiva

Sigues pensando en los días pasados en Segovia a fines de septiembre, en que allí vivieron y escribieron San Juan de la Cruz, Antonio Machado y María Zambrano, tres escritores donde el idioma es concisión y misterio. Esa España es la que te sigue interesando y la que continúa fluyendo en otras voces: la de Gamoneda, la de Sánchez Robayna, la de Jordi Doce, la de Javier Marías.

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Quieres imaginar a María Zambrano, recordar su escritura ceñida de silencios y giros sintácticos que modulan y expanden la respiración, la autora de El Hombre y lo Divino, el enigmático libro que estaba en el automóvil de Albert Camus el día de su fatal accidente. Ella escribió uno de los mejores artículos sobre la ciudad del acueducto en la que vivió tantos años, “Un lugar de la palabra: Segovia”, y que también es una reflexión sobre el sentido que tiene la ciudad para cada hombre frente a la abstracción del Estado o la Nación. Para Zambrano, la palabra y la luz es determinante en Segovia. Julio Cortázar recorrió sus calles con ese artículo en mano y cuando ella lo supo se alegró y dijo de Cortázar: “qué gran persona, y qué educada y elegante, tenía una elegancia que hoy escasea, además de buen escritor”. Y qué curiosidad, piensas, y qué diálogo entre dos grandes autores que bordeaban orillas casi irreales en sus escrituras tan distintas pero también tan cercanas: ambos acechaban el silencio.

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Precisamente es la palabra la que resonó en una Segovia de calles que suben y bajan, que se tuercen hasta dar en plazas que son como claros de un bosque de piedra donde se respira el aire limpio de Castilla. Durante cuatro días de septiembre, Segovia abrió una brecha a su silencio. Reunió a decenas de escritores en otro de los itinerarios del Hay Festival, que parece llevar por el mundo una fiesta de la literatura en un mundo que cada vez se aleja de la palabra.
Javier Marías presentó el tomo final de su trilogía novelística Tu rostro mañana y piensas que es comprensible que uno de los mayores prosistas vivos de lengua española hablara allí habiendo escrito una novela que desde sus primeras líneas señala la importancia del silencio frente al acto de contar: “No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo”. Luego de esta preterición vienen las casi dos mil páginas de su deslumbrante mamotreto.

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Conferencias y mesas dieron espacio a diálogos sobre la libertad de expresión, como la que homenajeó a Anna Politkovskaya, la periodista rusa asesinada, y donde el poeta cubano Raúl Rivero insistió en el riesgo de la indiferencia frente al acorralamiento de la libertad de expresión por parte de gobiernos que justifican sacrificar cualquier medio para un específico fin.

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Remarcando la necesidad de esa libertad vino a continuación la presencia y la voz de los poetas que recitaron en la iglesia de San Juan de los Caballeros. Con un aforo completo, se escuchó la poesía de Murid Barguti, Ronny Someck, Piedad Bonnett, Darío Jaramillo Agudelo, entre otros. Quizá porque Segovia tiene una impronta y quienes la visitan lo sienten y trasladan, la poesía escaló poco a poco hasta llegar a un lacónico Juan Gelman, que todo lo impregna con su pausada voz, o al poema “Equívoco”, de Antonio Gamoneda, que no sabes donde encontrar, pero que llegará tarde o temprano a tus manos.

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De noche, caminata con Daniel Alarcón. Hablamos de los autores de la concisión: Carver, Cormac McCarthy, Salter. Es de los pocos con quien pudiste hablar con calma sobre literatura. Daniel está siempre en silencio. Quizá cansado de la promoción en la que lo han metido por la promoción de sus libros. Se ríe cuando le recuerdas los diecinueve meses de Kazuo Ishiguro promocionando Los restos del día. Que tenga paciencia y mantenga la calma, y no se deje atrapar por el canto de las sirenas.

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En una tarde, otra conversación con el portugués Gonçalo M. Tavares. Te sorprendió que su proyecto de libros seriales sea familiar a tu proyecto de ficción progresiva. Tavares es expansivo, cordial y conciso. Es un narrador pero se percibe que su tempo en la prosa tiene cortes poéticos. Y eso eleva su escritura a un rango de pensamiento. Se lo lee pensar. Releer El señor Vàlery y reír con sus paradojas. Crees que en tu conversación con él flotaba el experimento radical de Roberto Juarroz.

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Piensas en Segovia y vuelves al cuento de Kafka sobre Ulises y las sirenas: "éstas tienen un arma más terrible aún que el canto: su silencio". Y remata Kafka: "Ulises no oía su silencio, creía que cantaban". Eso es: creías que había un canto en Segovia, pero estaba callada.

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